El café de la vida


 A las afuera del café la lluvia comenzaba a detenerse, de una repentina oscura tarde lluviosa apenas unos rayos de sol comenzaban a penetrar las nubes grisáceas. La mesa donde nos solíamos sentar daba a la calle,estaba cubierta por un mantel de cuadros color rojo, en el centro un florero pequeño con una flor de lis, a los lados un par de servilletas... Al fondo una copa de margarita vacía, a su derecha un cenicero repleto de colillas.
 Me senté dejando al frente la silla que daba la espalda al vidrio con el logo del café. Afuera se observa un par de Volkswagen. Las personas iban de un lado a otro espantados, algunos llevaban periódicos sobre sus cabezas...

- ¿Le traigo una toalla? - preguntó el mesero llevandose mi abrigo.
- Un café sería mejor.

El sol acariciaba los techos de la ciudad, se lograba apreciar como emergía el humo a causa de la evaporación. Cada vez en cielo estaba más despejado, una tarde roja, tímida, miedosa comenzaba a salir. La lluvia fue fria, tan fria, que sentia los pulmones desfallecer. Mis dedos se anudaban con el borde del mantel... era poliéster... sin duda. Los zapatos crearon un ritmo al repicotear con el piso... era algo rustico... si... pino tal vez.

- Uno... dos... tres... - conte para levantarme - ¡Mi café...
- Aquí está señor, disculpe.
- ¿Que hora es?.
- Estaba aquí desde hace una hora...
- ¿Que hora es?
- A los veinte minutos pidió un trago...
- Dime - solté un suspiro presionando los puños - ¿Que hora es?
- Señor, hay un reloj al fondo.

 En efecto, al fondo sobre el mostrador se encontraba un reloj, dando vuelta con sus manecillas como mis dedos. Siempre supe de la existencia del reloj, lo que nunca supe fue como leer la hora.
 Eran tre agujas... Una más larga que la otra... una mas gorda que la otra, una más veloz que la otra... Una siempre temblaba, temblaba... Doce numeros... Uno... Dos... Tres... Cuatro... mis ojos aguados... Seis... Mis puños... Ocho... Mi ceño fruncido... Diez...

- Señor, dijo que iría al baño...
- ¿Si, si, si?
- Que volvería enseguida...
- Nunca aprendí a leer la hora - tomé mi café mientras me sentaba - Jamás entendí la razón.
- Son las cuatro menos quince, señor.
- Dos horas tarde - mire al frente, tratando de encontrar su rostro entre el techo de los edificios.
 Había dejado de llover por completo.
 En el cielo una fiesta de colores... naranja... rojo... azul... azul oscuro... rojo oscuro... naranja oscuro... amarillo... amarillo oscuro... blanco...
Ya las personas no corrían, se desplazaban como las nubes en el cielo... lento.

Y mi rostro pálido reflejado en la vidriera del local.

 Busque entre mis bolsillos una caja de cigarrillos. Jamás despegue la vista de mis ojos en el reflejo, cayó sobre la mesa como una bala, no podía sostenerla entre las manos. Intente abrirla sin dejar de mirarme, cualquiera habría pensado que era ciego. Rompí toda la caja. Saqué un cigarrillo, al hacerlo todos se esparcieron por el mantel. Algunos fueron al suelo, el mesero que nunca se apartó de mi espalda, comenzó a recoger los que se iban al piso juntándose en la mesa.

- ¿Tiene un encendedor? - mi voz fue una orden.
- Si, señor.
- ¡Usalo!

 Colgué el cigarrillos entre mis labios, podría decir que mi cuerpo vibraba desde los dedos hasta los cabellos, fue casi imposible que la llama del encendedor diera con el cigarrillo. Cuando lo logre, di una calada profunda, suspire.

- Sé que no llegara. - dije.
- Fue al baño, señor.
- ¿Existe una puerta que da hacia la parte de atrás?¿Verdad?
- Si, señor.
- Justo entre los baños.
- Si, señor. Pero siempre...
- También lo pensé... debí hacerlo mucho tiempo atrás.
- ... Siempre esta cerrada. ¿Hacer que, señor?
- Abrir la puerta... marcharme sin que me vieran.
- Es imposible, señor. La llave de esa puerta la tiene el señor Romanov, y él no llega hasta pasadas las seis.
- Pensaré que regresara, que va a entrar por esa misma puerta.

 La mirada de aquel joven estaba llena de compasión, quizá tenía lástima de mi, lastima del hombre que había dejado esperando por más de dos horas. Y tendrá razón de sentirla. Siempre pasaba. La misma cita todos los día. Él siempre llegaba a la hora, ni un minuto más, ni un minuto menos. Yo siempre llegaba pasada la hora, cinco minutos más, diez, veinte, treinta, cuarenta... Vivía preguntado la hora. Incluso antes de abrir la puerta del café la preguntaba, nadie se detenía a decirmela, la gritaban desde su prisa - Son las dos y veinte - nunca esperaban que les diera las gracias.
 Algunos ni me miraban al decirla, ni volteaban en torzo sutilmente. Solo la decían con voz aspera, cansada - Son las dos con treinta -. Ni los niños se detenían a decir la hora. Y vaya que este último me sorprendía.

Una vez en la estación del tren, le toque el hombro a un señor.
- Si, diga joven - habló el hombre.
- Podría decirme la hora, por favor.
- No tengo hora.
- Disculpe, señor, usted lleva un reloj en su mano izquierda...
- No sirve, joven - dijo sin verme.
- ¡Oh! ¿se le ha dañado con la lluvia...?
- Si, con la lluvia.
- Pero estamos en verano.
- Pasó hace mucho tiempo atrás, tanto así que ya no lo recuerdo.
- ¿Y por que no se lo ha quitado?
- Aún no lo sé, siempre me pregunto lo mismo.
- ¿Y que se dice?
- Solo no decería perder el tiempo.

 Una hora con cuarenta y cinco minutos fue lo que duró esperándome, seguro antes de llegar estaba borracho... o si no... aquí se emborrachó. Me costaba llegar temprano a los lugares, cosa que nunca le tome importancia. Podría llegar un día después, dos, tres, una semana tal vez... al colegio, a mi casa - muy frecuentemente a mi casa -, a la iglesia - a la iglesia nunca llegaba -, a la reunión de alcohólicos anónimos, al trabajo - que no tenía - a la reunión de ayuda para drogadictos - a esta solía llega días antes por mi madre que me llevaba por la oreja -, al teatro, a los ensayo, al estreno de Romeo y Julieta.
Pero jamás llegar tarde a la cita con él, era inaceptable.

- Señor, lo vi entrar al baño...
- Hombre, apostaría un dedo que se ha marchado. - le dije al mesero.
- El señor Romanov tiene la llaves de esa puerta.
- Enciende otro cigarrillo - no había ni terminado el otro.
- Si, señor.
- Nunca le gusto perder el tiempo.
- Si, señor.
- Siempre estaba haciendo algo.
- Dijo que escribía sobre un pescado gigante.
- Poseía un hermoso verbo - me dio el cigarrillo.
- Aunque dicen que es un alcohólico.
- ¿Quien lo dice?- lance el nuevo cigarrillo a un extremo mientras continuaba el otro.
- La gente... los críticos...
- Los críticos ¡Ba, los críticos! - el mesero salió a recoger el cigarrillo - son solamente eso, nunca dejarán de ser eso. Además no se trata si es alcohólico o no, se trata de su verbo.
- Dicen que escribe bien accidentalmente...
- ¡Accidentalmente!... accidente es que te caigas en los rieles del ferrocarril, accidente es que te lleve un carro por delante - tomó el cenicero y lo arrastró hasta mis manos - que llegues tarde a un lugar, que te muerda un perro... pero escribir como él nunca será un accidente.
- Si, señor.
- ¡Vamos! Dame otro cigarro.
- Si, señor...
- ¿A quien se lo escuchaste?- tome el cigarrillo.
- Era el tema de un poeta con un crítico, que lo observaban cuando tomaba su trago.
- Ahora cualquiera capaz de rimar pe con ne se cree poeta.
- Si, señor. Los poemas de Borges...
- ¡Bah! Borges es un conceptualista de la vida.
- Si, señor... Ya volvera.
- ¿Lo has leido al menos?
- No, señor. No he tenido tiempo...
- Y te atreves a compartir ese pensamiento sobre él...
- Disculpe, señor.
- Así como que la puerta trasera está cerrada...
- Y así lo es, señor.
- ¿Has visto la llave alguna vez?
- No, señor. El señor Romanov siempre dice - En este bolsillo están las llaves de la puerta trasera - tocando el bolsillo de su abrigo.
- ¿Y la has visto?
- No, señor.
- ¡Carajo!, esa puerta siempre ha estado abierta. Y juraría que no tiene llave.
- ¿Se atreve a dudar del señor Romanov?
- No dudo, estoy seguro de ello.
- Si, señor...
- Ahora mismo puedes ir a comprobarlo.
- Si, señor.

 El mesero desapareció del reflejo en el vidrio. Tome la copa de margarita que había permanecido en la mesa, aún le quedaba un poco de alcohol, la lleve hasta mi nariz... era tabaco... del mejor tal vez.
 Comenzaba a llover nuevamente, recordé que tenía tres... cuatro... casi cinco semanas sin llegar a casa.
 Deje un par de billetes sobre la mesa. Y me conduje hasta la puerta, cuando iba a abrirla estalló en mi rostro. Gritaron desde el mostrador - Bienvenido señor Romanov - era un señor robusto, bañado de algunas canas en la barba. Se quitó el abrigo y me lo dio. Tenía un reloj en su mano izquierda.

- Disculpe, señor, ¿podría decirme la hora?
- No tengo hora, joven.
- Señor, tiene un reloj en su muñe...
- No sirve, joven.

Dijo un mesero - Son las seis - recibiendo al señor - Venga, ¿Desea algo de tomar?.
- Un whisky, por favor.
- Voy, señor.

 El señor Romanov se sentó cerca del mostrador, dando la espalda a la calle, termine de salir del café. Me introduje en el abrigo que olía a tabaco barato, estaba caliente.

- ¡Señor! ¡Señor! - gritaron a mi espalda.
- Joven - era el mesero que me había atendido.
- Si, si, si - respiro - la puerta no... no... no...
- ¡Respire!
- Usted tenía razón, la puerta siempre ha estado abierta, no tiene cerradura.
- Se lo dije.
- ¿Pero como lo supo?
- Cuando venía a verme con él, al ir al baño siempre pensaba en irme, siempre abría la puerta, y me quedaba pensando en marcharme. Pero me arrepentía sin hacerlo.
- ¿Señor, por que nunca lo hizo?
- Queria quedarme.
- ¿Aun sabiendo que perdería el tiempo?
- El tiempo nunca se pierde, el siempre esta allí. El que se pierde es uno mismo.
- Si, señor...
- Disculpa, ¿podrías decirme la hora?
- Señor, - miró adentro del café - son pasadas las seis. ¿Pasadas las seis? ¡El señor Romanov! No. Ha llegado. Adiós.

Tenía las manos heladas por el frío, las introduje en los bolsillos vacíos del abrigo.

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