Una mujer que se quería Una oscura frialdad devastadora de huesos recorría la casa y, ella no tenía ánimos para ir tras los fósforos a acalorarse entre una odiada cocina que sentía haberle consumido la juventud, así que se mantuvo buscando calor hasta decidir sumergirse en las mil sabanas cubrídoras de los viajes nocturnos. Cuando los ojos pesados como un yunque caían sólo podía ver caramelos de colores levitando en la habitación y, aunque la lluvia le bañaba el cuerpo de un frío mortal, sintió un fuego ardiendole en lo profundo del vientre. Oculta cada vez más en las sabanas entre una danza con morfeo fue lanzando una a una su ropa en el cuarto y, cuando le tocó el turno a la pantaleta, antes de quitársela la halo tan fuerte para capturar la sensación de aquellos escajes rompíendole la piel del sexo regalando un sordo gemido a la almohada. La lluvia estaba tan fría que nadie se atrevía a andar en la calle, era un día para pasa...
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Caín Wilde
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