Relato de una noche
Ya no recuerdo las veces en que aquel hombre clavó su mirada en mí, desde que sus ojos delirantes, incendiados de locura me hicieron olvidar quien era, perdí la noción del tiempo.
La oscuridad se encontraba bañando el sudor en su rostro, las arrugas en las mejillas daban la impresión de ser algunas cicatrices hechas por un animal salvaje. Hablaba entre el delirio de la noche, sin voz, sin tener receptor. Solo hablaba con el reflejo de sí mismo proyectado en el vidrio de aquella camioneta. Aquel reflejo con los ojos inmensamente abiertos era terrorífico, de verlo a cualquiera haría los pelos erizar, con una sonrisa atropellada por las caries cubierta de un color negro y con un par de dientes sobre las encías. Reía, reía como lo hace un asesino cuando presiona el gatillo, reía como un depravado sexual cuando contempla su escena. Reía de placer, reía dejando sus encías al contacto de la noche, sacando la lengua un par de veces. Y rápidamente volvía con su soliloquio en silencio, en susurro, a veces sin voz, a veces sin palabra. Se habla así mismo, con reproche, con odio. Y de cuando en vez se detenía, se miraba, como quien mira un objeto extraño por primera vez. Se hundía los ojos en sí mismo, buscando algo conocido, se encontraba extraño, ajeno.
Tocando
su alargada piel del rostro vi la sangre en sus nudillos, este hombre
lo conocía de antes, quizás un domingo a las afuera de la iglesia.
Era evidente que ese ser humano había deambulado por las calles
del pueblo golpeando las
paredes. Una
vez lo vi desde lejos - ¡Maldito!¡Muere!¡Eres un maldito!- gritaba
chocando sus puños contra la pared. Al salir de ese trance daba un
par de pasos y volvía con el conflicto entre la pared y él. Y
así continuaba hasta desaparecer de mi vista. La gente huía de él,
trataban de no verlo, de tocar pasar por donde estaba lo hacían
rápidamente. Yo lo observaba, como una obra de arte en un museo,
admirado, intrigado por lo que pasase por su cabeza. Debatiendo las
causas de su posible locura. Habían días donde la locura no era
evidente como en este, días donde recorría las calles sin ningún
pesar en su cabeza, días donde salía a trabajar o hacer compras, días
donde no estaba tan sucio y maloliente como ahora. Días en donde se mezclaba con la gente cuerda hasta perderse entre la multitud. Mi ojos lo seguían pero solía actuar muy bien, tanto que no podría encontrarlo con el mirar.
Me
miró. !Sí¡ lo hacía a través de reflejo. Mi cuerpo se paralizo. Sentí frío,
calor, comencé a sudar aunque la noche estaba helada.
Este pueblo de día era un horno y al caer la noche sufría una
metamorfosis. En sus ojos observe la delgada línea entre la locura y
la sensatez. Al conducir mi mirada hacia él, sin el espejo de por
medio, se podía observar
que no estaba yo entre su campo visual. Pero al mirar el reflejo sus
ojos estaban clavados en mis mejillas. Quise gritar de miedo. En ese instante pensé que me podrían tildar de loco, como él, así que me mantuve dentro de mi. Ese hombre buscaba algo en mi, degustaba algo en mi rostro,
era extraño para él. Sus ojos se abrieron aún más, acercó su cabeza
al vidrio, sin darme cuenta me encontraba haciendo lo mismo, repitiendo de forma inconsciente lo que él hacía. Con el
ceño fruncido y la nariz abierta me
perdí en el café de sus ojos. Y de repente comenzó a hablar rápidamente,
había dejado de hacerlo con el reflejo, ahora se dirigía a mi. Su
voz era un susurro apresurado en mi cabeza - ¡Estás loco!¡Estás muy
loco!- no se había detenido la camioneta cuando ya iba camino a mi
casa. De recordar cómo salí de ella, tal vez, sería con un gran salto de eso que dan los bailarines en el aire. Estaba frío cuando pise la calle,
casi como un hielo. Corría entre las avenidas con la intención de
perderlo si me seguía, la noche penetraba los callejones seguido de mi y entre las
ventanas de las casas sentían que me observaban. - Me estoy
volviendo loco- me dije.
Escuchaba
pasos a mi espalda, no quise voltear, el corazón se me detenía de imaginar que estaba siguiéndome. Ahora corría más fuerte. Cada
vez el sonido de los pasos se incrementaron más, se volvía un eco
entre las calles. Era
su voz, el susurro que saltaba entre las calles y como golpes estallaban en
mis oídos, desee arrancarlos para dejar de escuchar. Ahora eran
pasos.
Se acercaba, estaba muy cerca, más cerca.
Corrí
tan fuerte como pude, podía ver el aire tocándome la piel, pero
extrañamente en vez de avanzar solo retrocedía. Las calles y casas
que deje atrás al bajar de la camioneta, ahora pasaban hacia
adelante. Estaba corriendo de espalda. De un salto para atrás volví a la camioneta, ví las personas que aparte al salir de ella, y fuí a sentarme nuevamente en el sillón donde contemplaba a ese hombre.
Él se encontraba caminando hasta mi, nuestras miradas fueron un poema terrorífico suspendido en el tiempo, podía sentir la muerte entre mis labios.
Él se encontraba caminando hasta mi, nuestras miradas fueron un poema terrorífico suspendido en el tiempo, podía sentir la muerte entre mis labios.
- ¡Francisco! ¡Francisco, ven! - una mano sobre mi hombro, un grito.
Desperté.


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